Interesante artículo de Juan José Martinena en Diario de Navarra.
Juan José Martinena
70 años del monumento a la Inmaculada
MIRADAS A LA HISTORIA El autor rememora el proceso por el que el Ayuntamiento de Pamplona decidió instalar un monumento a la Inmaculada Concepción en el Rincón de la Aduana, cómo se decidió su diseño y los actos que rodearon su inauguración, hace ya 70 años
E L año 1954 se conmemoró en todo el orbe católico el centenario de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción, definido por el papa Pío IX, en virtud de la bula ‘Ineffabilis Deus’ el 8 de diciembre de 1854. Un siglo después, Pío XII, declaró un año santo mariano para recordar y revivir aquella efeméride. Navarra se sumó a los actos con gran entusiasmo.
Una iniciativa del alcalde Pueyo
Pamplona, entonces mucho más católica que ahora, no podía quedar al margen de las solemnes celebraciones a que dio lugar la citada decisión pontificia. En la sesión de la Comisión municipal permanente celebrada el 9 de diciembre de 1953, recién proclamado el Año Santo, el entonces alcalde Javier Pueyo Bonet expuso la idea de erigir un monumento a la Inmaculada en algún lugar céntrico y apropiado de la ciudad. La propuesta fue aprobada por unanimidad y de la misma forma fue ratificada poco después por el pleno del Ayuntamiento. En sucesivas sesiones de la corporación se fueron aprobando los distintos aspectos relacionados con el asunto. En primer lugar, la consignación en el presupuesto de la cantidad necesaria para costear lo más esencial del monumento; en segundo lugar la apertura de una suscripción pública para contribuir a los gastos, y por último, el encargo al Colegio de Arquitectos de que animase a los profesionales a presentar a concurso distintos proyectos, sobre la idea básica de una esbelta columna, que se emplazaría en los jardincillos del Rincón de la Aduana, ubicación que con total acierto se consideró la más adecuada para que la pudieran saludar cuantos entrasen a la ciudad por la estación del Norte.
El producto de la suscripción acordada, cuyas primeras aportaciones las hicieron para dar ejemplo las fuerzas vivas de la ciudad, ascendió a la cantidad de 263.393 pesetas con 85 céntimos, con lo cual se puso en marcha todo el proceso previo a la construcción del monumento.
Proyecto de Luis Felipe Gaztelu
El día 3 de marzo de 1954 una comisión mixta, formada por arquitectos y miembros del Ayuntamiento, procedió al examen y valoración de los quince proyectos que se presentaron, todos ellos de forma desinteresada, resultando elegido por unanimidad el que firmaba Luis Felipe de Gaztelu y Jácome, que había sido durante años arquitecto municipal. El catedrático y archivero Vicente Galbete, una vez realizado el proyecto, destacaba de él “el misticismo que irradia, en su verticalidad atrevida, la columna que sirve de pedestal a la imagen de la Purísima, obra del laureado escultor, catedrático de la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, Manuel Alvarez-Laviada. Catorce metros desde el arranque del basamento, dispuesto sobre una plataforma con acceso por cuatro escalinatas y rodeada de acogedores jardincillos en artesa, hasta el remate del capitel corintio sobre el que campea la imagen”. Hay que decir que el proyecto incluía, como telón de fondo del monumento, “una columnata semicircular de columnas jónicas pareadas, formando un conjunto monumental armónico, suntuoso y agradable”. Sin embargo, razones de carácter presupuestario aconsejaron en aquel momento dejar para más adelante la ejecución de esta última parte del proyecto. Por distintas circunstancias, pasado el entusiasmo inicial, dicho aplazamiento se convirtió en definitivo.
La inauguración
Como fecha para la inauguración del monumento se señaló el 8 de septiembre de 1954; ese día la ciudad conmemora cada año la concesión por Carlos III el Noble del célebre Privilegio de la Unión de los burgos en 1423. En esta ocasión, fue fiesta grande en Pamplona por doble motivo, pero uno de ellos revistió una especial solemnidad.
El citado archivero Vicente Galbete, cronista y testigo de aquellos actos, escribía con su cuidada prosa barroca: «Como en fiesta de júbilo popular, recorrieron las calles y plazas las comparsas de gigantes y cabezudos, y desde media tarde una imponente multitud se agolpaba en las inmediaciones del Rincón de la Aduana, vestido de gala para el acontecimiento, con sus nuevos y preciosos jardincillos, flameando al viento gallardetes y banderolas y cubierto el muro de fondo de las Salesas con lujosos reposteros, mientras que, en lugar preferente, se alineaban los sitiales para las autoridades...». De la Catedral partió sobre las seis y media de la tarde una magna procesión, con asistencia del Ayuntamiento en corporación, gobernadores civil y militar, Luis Valero Bermejo y general Camilo Menéndez Tolosa, presidente y magistrados de la Audiencia Territorial, y demás autoridades, además de todos los gremios, cofradías y hermandades con sus banderas y estandartes. Portaba la bandera de la ciudad el concejal Fidel Jadraque. La imagen de Santa María la Real, con el manto y alhajas que lució el día de su Coronación en 1946, iba rodeada de su Corte de Honor, Junta del Rosario de los Esclavos y Cabildo Catedral. La presidencia eclesiástica la ostentó el vicario general Antonio Ona de Echave, porque el obispo optó por acudir directamente a los jardincillos al pie del monumento. El cortejo procesional recorrió las calles Curia, Mercaderes, plaza Consistorial, calle San Saturnino, donde se incorporó la imagen de la Virgen del Camino, y siguió por la Calle Mayor hasta San Lorenzo, delante de cuya fachada giró a la izquierda para terminar al pie del monumento.
Hay que decir que la Diputación Foral, para no coincidir con el gobernador, el “poncio” Valero, con quien recientemente había mantenido un serio enfrentamiento por una cuestión que entonces se consideró un contrafuero, no asistió al acto y honró a la Virgen separadamente en la Catedral la tarde anterior, acompañada de su séquito ceremonial: rey de armas, maceros, clarines y timbales. Allí fue recibida por el obispo y el Cabildo. Ni que decir tiene que un plante de esta naturaleza era algo insólito y sin precedentes en la España de la época de Franco.
Una foto, testimonio de una época
La foto de Galle, que se conserva en el Archivo Municipal, captó una de las escenas del acto inaugural del monumento. En ella, el alcalde don Javier Pueyo, escoltado por los maceros, lee su fervoroso discurso ofreciendo el monumento en nombre de la ciudad. Se ve de espaldas al obispo Dr. Delgado Gómez, y la tonsura o coronilla del Vicario General Antonio Ona de Echave, revestido de capa pluvial. Por enmedio, asoma uno de los guardias municipales en uniforme de gala, con su casco como de húsar prusiano. Se distinguen los faroles del Rosario de los Esclavos y las imágenes de las Vírgenes del Camino y de las Maravillas. También estaban, aunque no las captó el objetivo del fotógrafo, las de la Virgen de los Remedios, de la parroquia de San Lorenzo, y la del Río, del monasterio de las agustinas de San Pedro, hoy parroquia del barrio del mismo nombre.
Tras las palabras del alcalde, tuvo lugar la ceremonia de bendición del monumento por el obispo, y a continuación, la consagración de la ciudad a la Inmaculada, de nuevo por boca de la primera autoridad municipal. Un repique general de campanas, acompañado del disparo de bombas y chupinazos, cerró el acto, mientras sonaban los chistus, gaitas y tamboriles, bailaban los dantzaris y se sumaban a la apoteosis final las bandas de la Pamplonesa y de los militares. Por su parte, el Orfeón ejecutó magistralmente la Salve de Ugarte, que puso broche de oro a aquella grandiosa solemnidad mariana. Terminado el acto, las imágenes que asistieron al mismo regresaron en procesión a sus iglesias, las autoridades a sus respectivas sedes, y buena parte del público se apresuró a estrenar los nuevos jardines que rodeaban el monumento.
En el aire resonaba el eco de las palabras del alcalde Pueyo: «Vuestros somos, como lo fueron nuestros padres y nuestros abuelos, que nos enseñaron a amaros y serviros con fidelidad. Vuestros queremos ser, después de haber enseñado a nuestros hijos la misma lección y la misma tradición de Fe mariana, que aquí queda en pie como garantía de nuestra fe, de nuestra esperanza y de nuestro amor hacia Vos...” ¡Cómo ha cambiado Pamplona desde entonces en lo tocante a religiosidad! Si alguno de aquellos prohombres levantara la cabeza, seguramente no la reconocería.
En el basamento de la columna que sirve de peana a la imagen de la Inmaculada, alternando con los relieves del anverso y reverso del escudo de la ciudad, hay dos inscripciones, cuyas letras inicialmente fueron doradas, en una de las cuáles se puede leer el siguiente texto:
EN EL PONTIFICADO DE SU SANTIDAD PIO XII, AÑO CENTENARIO DE LA PROCLAMACIÓN DOGMÁTICA DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA, EL AYUNTAMIENTO DE LA CIUDAD, RECOGIENDO EL SENTIR DEL PUEBLO DE PAMPLONA, ERIGE ESTE MONUMENTO, PERENNE EXPRESIÓN DE LA DEVOCIÓN ENTRAÑABLE A LA MADRE DE DIOS (8 de septiembre 1954)
Han transcurrido setenta años y casi parece que han pasado tres siglos.
El alcalde Javier Pueyo pronuncia el discurso en la inauguración del monumento. GALLE/ARCHIVO MUNICIPAL