Interesantísimo artículo sobre el Santo Rosario, del cardenal Tomáš Špidlík, SJ (†)
publicado en la revista Magníficat.
El hábito de contar oraciones es muy antiguo. En un monumento
en Nínive, se observan dos mujeres, sentadas bajo un árbol sagrado, sosteniendo
en sus manos un instrumento para contar. Marco Polo escribe sobre el rey de
Malabar que tenía al cuello un hilo con 104 piedras preciosas para poder contar
sus oraciones por la mañana y por la noche. Algo similar encontramos entre los
budistas. Hoy en día también se conoce el rosario de los musulmanes.
Desde la época cristiana, se dice que san Pablo el Ermitaño
se metía trescientos guijarros en el bolsillo todos los días: tiraba uno tras
otro cuando decía la oración establecida. Tal uso también era practicado por
santa Clara. Era más práctico, sin embargo, tener un cordón con nudos. Cuando
se unieron ambas partes de la cuerda, surgió una «corona» (la «cadena de
paternostri» de la que habla
Boccaccio). La forma abierta se pudo ver colgando de la correa,
todavía durante mucho tiempo, en Inglaterra. Muy pronto los nudos fueron
reemplazados por granos, pequeños trozos de madera, pero también por perlas y
joyas. En 1389 el rey de Francia se casó con una milanesa: se enumeran los
tesoros que trajo, entre los que también hay una «cadena de paternostri» con
botones de plata, oro, esmalte y perlas. La fábrica de rosarios pertenecía a la
artesanía artística. Entre los gremios de las grandes ciudades como Londres,
Viena y Praga, los fabricantes de rosarios llamados «paternostrai» se llamaban
«paternosters».
Como su nombre indica, el Padre nuestro se contaba al
principio. Desde el siglo XII algunos devotos de Nuestra Señora también tomaron
la costumbre de contar las avemarías. Así rezaba, por ejemplo, la beata Bienvenida
Boiani († 1291): mil avemarías al día, el sábado dos mil y el día de la
Anunciación tres mil. El dominico Domingo de Levia también recitaba mil
avemarías al día y leemos que murió con este instrumento en sus manos.
¿Cómo se estableció el número de 150?
La primera noticia la tenemos en el siglo XII. Leemos que una
religiosa, llamada Eulalia, fue amonestada por la Virgen para que no rezara a
toda prisa; a partir de ese momento recitó solo la tercera parte de las
oraciones establecidas, es decir, 50 avemarías. Incluso santo Domingo, a quien
la leyenda establece como el autor del rosario, abogó por el rezo de 150 o al
menos 50 avemarías. La razón de este número
es muy clara, los monjes recitaban 150 salmos todos los días
y los que estaban demasiado ocupados solo la tercera parte. También se
añadieron salmos en honor a la Virgen María. Aquellos que no sabían leer recitaban,
en lugar de los salmos, un número igual de Padre nuestros y luego también de
avemarías.
Un libro inglés del siglo XIV describe cómo se inter calaban:
entre un grupo de avemarías y otro se recitaban
antífonas. Las cincuenta primeras avemarías eran recitadas por
la mañana, en honor a la anunciación; otras cincuenta al mediodía, en honor al
nacimiento del Señor; el tercer grupo por la tarde para venerar la asunción.
Como generalmente había cinco antífonas en el breviario, comenzó a intercalarse
una cada diez avemarías. La forma final del rosario, tal como la conocemos hoy,
se remonta a los siglos XV o XVI. En 1507 un monje escribe desde el convento de
Santa Brígida que algunos añaden a cada avemaría algún acontecimiento de la
vida de Jesús, pero que para los sencillos 50 salves y 5 Padre nuestros son
suficientes. El nombre «rosario» tiene un origen bastante extraño. En la Edad
Media se llamaba así a los tratados de moralidad, colecciones de ejemplos para sermones.
En 1500 se imprimió el Rosarium theologicum (Rosario teológico). La palabra
significa, por lo tanto, manual. Metafóricamente, nuestra oración fue llamada
como si fuera un manual del hombre devoto. En el siglo XIX se
verificó el florecimiento del rosario.
El papa León XIII escribió varias encíclicas en las que
recomienda calurosamente esta oración. Así, por ejemplo, en la Nochebuena de
1883 escribió: «Exhortamos y conjuramos a todos a rezar el rosario todos los
días y constantemente. Al mismo tiempo, declaramos que es deseo de nuestro
corazón que la oración del rosario se haga en todas las catedrales de las
diócesis todos los días; en las iglesias parroquiales, al menos los domingos y
las fiestas». En la encíclica de 1893 el Papa recomienda el rosario como el
arma más eficaz contra la inmoralidad: «Nos parece que las
tres cosas que conducen a la corrupción del bien público son: la aversión a la
vida sabia y razonable, la aversión al sufrimiento duradero y el olvido de la
vida futura, en la que está toda nuestra esperanza. Contra
estos males de nuestro tiempo podemos considerar el rosario como un remedio
saludable. La meditación sobre los misterios gozosos inspira, a los que oran
con devoción, el amor por la vida sabia y diligente, como se puede ver en la
familia de Nazaret. Contra el segundo mal, están los misterios dolorosos;
contra el tercero, los gloriosos». El rosario se recomienda en las grandes
apariciones marianas de Lourdes, La Salette y Fátima. También se fundaron
cofradías del rosario. La Iglesia dotó a esta oración de muchas indulgencias.
En los últimos tiempos, hay
cierta aversión al rosario. Parece que la oración no es
adecuada para los intelectuales, ya que nació en un entorno primitivo, cuando
la gente no sabía leer. Hoy nos cansa su monotonía. Estamos convencidos de que
estas objeciones se dicen con sinceridad. Sin embargo, la fuerza especial de
esta oración está precisamente en ese elemento que le falta: el intelectual.
Tal vez se equivocaban también los libros que trataban de compensar esta falta
con métodos artificiales, recomendando meditaciones sobre los «misterios»
cada diez avemarías. No olvidemos que el rosario es, en primer
lugar, la oración de la gente sencilla, de nuestras madres, de nuestras
peregrinaciones y de las devociones vespertinas. En este contexto también es
necesario buscar el método de aprender a rezar el rosario. Es muy natural que
los hombres intelectuales traten de realizar sus oraciones de manera
inteligente y de hablar con Dios tal como están acostumbrados a pensar. Pero precisamente
ellos se dan cuenta de la dificultad de mantenerse concentrados y también
sufren distracciones constantes. En cuanto cogen el Salterio, sube a la mente
una multitud de pensamientos diferentes y todos impiden centrarse en el objeto
del texto escrito o recitado.
La gente sencilla ora de manera diferente. No se concentra en
una cosa, sino que trata de relacionar con Dios todo lo que le viene a la
mente. Piensa en los parientes, en los frutos del campo, en la salud. Y a todos
estos recuerdos, se añade un avemaría. En el rosario hay suficientes: cincuenta
son suficientes para todo lo que pesa sobre el corazón. Semejante oración, por
supuesto, exige simplicidad. Quien la ha perdido no puede recitar el rosario. Pero
ha perdido más de lo que cree: el corazón sencillo está más cerca de Dios. l
[Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco]