martes, 22 de agosto de 2023

ROSARIO

 


Interesantísimo artículo sobre el Santo Rosario,  del cardenal Tomáš Špidlík, SJ (†) publicado en la revista Magníficat.

 

El hábito de contar oraciones es muy antiguo. En un monumento en Nínive, se observan dos mujeres, sentadas bajo un árbol sagrado, sosteniendo en sus manos un instrumento para contar. Marco Polo escribe sobre el rey de Malabar que tenía al cuello un hilo con 104 piedras preciosas para poder contar sus oraciones por la mañana y por la noche. Algo similar encontramos entre los budistas. Hoy en día también se conoce el rosario de los musulmanes.

Desde la época cristiana, se dice que san Pablo el Ermitaño se metía trescientos guijarros en el bolsillo todos los días: tiraba uno tras otro cuando decía la oración establecida. Tal uso también era practicado por santa Clara. Era más práctico, sin embargo, tener un cordón con nudos. Cuando se unieron ambas partes de la cuerda, surgió una «corona» (la «cadena de paternostri» de la que habla

Boccaccio). La forma abierta se pudo ver colgando de la correa, todavía durante mucho tiempo, en Inglaterra. Muy pronto los nudos fueron reemplazados por granos, pequeños trozos de madera, pero también por perlas y joyas. En 1389 el rey de Francia se casó con una milanesa: se enumeran los tesoros que trajo, entre los que también hay una «cadena de paternostri» con botones de plata, oro, esmalte y perlas. La fábrica de rosarios pertenecía a la artesanía artística. Entre los gremios de las grandes ciudades como Londres, Viena y Praga, los fabricantes de rosarios llamados «paternostrai» se llamaban «paternosters».

Como su nombre indica, el Padre nuestro se contaba al principio. Desde el siglo XII algunos devotos de Nuestra Señora también tomaron la costumbre de contar las avemarías. Así rezaba, por ejemplo, la beata Bienvenida Boiani († 1291): mil avemarías al día, el sábado dos mil y el día de la Anunciación tres mil. El dominico Domingo de Levia también recitaba mil avemarías al día y leemos que murió con este instrumento en sus manos.

¿Cómo se estableció el número de 150?

La primera noticia la tenemos en el siglo XII. Leemos que una religiosa, llamada Eulalia, fue amonestada por la Virgen para que no rezara a toda prisa; a partir de ese momento recitó solo la tercera parte de las oraciones establecidas, es decir, 50 avemarías. Incluso santo Domingo, a quien la leyenda establece como el autor del rosario, abogó por el rezo de 150 o al menos 50 avemarías. La razón de este número

es muy clara, los monjes recitaban 150 salmos todos los días y los que estaban demasiado ocupados solo la tercera parte. También se añadieron salmos en honor a la Virgen María. Aquellos que no sabían leer recitaban, en lugar de los salmos, un número igual de Padre nuestros y luego también de avemarías.

Un libro inglés del siglo XIV describe cómo se inter calaban: entre un grupo de avemarías y otro se recitaban

antífonas. Las cincuenta primeras avemarías eran recitadas por la mañana, en honor a la anunciación; otras cincuenta al mediodía, en honor al nacimiento del Señor; el tercer grupo por la tarde para venerar la asunción. Como generalmente había cinco antífonas en el breviario, comenzó a intercalarse una cada diez avemarías. La forma final del rosario, tal como la conocemos hoy, se remonta a los siglos XV o XVI. En 1507 un monje escribe desde el convento de Santa Brígida que algunos añaden a cada avemaría algún acontecimiento de la vida de Jesús, pero que para los sencillos 50 salves y 5 Padre nuestros son suficientes. El nombre «rosario» tiene un origen bastante extraño. En la Edad Media se llamaba así a los tratados de moralidad, colecciones de ejemplos para sermones. En 1500 se imprimió el Rosarium theologicum (Rosario teológico). La palabra significa, por lo tanto, manual. Metafóricamente, nuestra oración fue llamada

como si fuera un manual del hombre devoto. En el siglo XIX se verificó el florecimiento del rosario.

El papa León XIII escribió varias encíclicas en las que recomienda calurosamente esta oración. Así, por ejemplo, en la Nochebuena de 1883 escribió: «Exhortamos y conjuramos a todos a rezar el rosario todos los días y constantemente. Al mismo tiempo, declaramos que es deseo de nuestro corazón que la oración del rosario se haga en todas las catedrales de las diócesis todos los días; en las iglesias parroquiales, al menos los domingos y las fiestas». En la encíclica de 1893 el Papa recomienda el rosario como el

arma más eficaz contra la inmoralidad: «Nos parece que las tres cosas que conducen a la corrupción del bien público son: la aversión a la vida sabia y razonable, la aversión al sufrimiento duradero y el olvido de la

vida futura, en la que está toda nuestra esperanza. Contra estos males de nuestro tiempo podemos considerar el rosario como un remedio saludable. La meditación sobre los misterios gozosos inspira, a los que oran con devoción, el amor por la vida sabia y diligente, como se puede ver en la familia de Nazaret. Contra el segundo mal, están los misterios dolorosos; contra el tercero, los gloriosos». El rosario se recomienda en las grandes apariciones marianas de Lourdes, La Salette y Fátima. También se fundaron cofradías del rosario. La Iglesia dotó a esta oración de muchas indulgencias. En los últimos tiempos, hay

cierta aversión al rosario. Parece que la oración no es adecuada para los intelectuales, ya que nació en un entorno primitivo, cuando la gente no sabía leer. Hoy nos cansa su monotonía. Estamos convencidos de que estas objeciones se dicen con sinceridad. Sin embargo, la fuerza especial de esta oración está precisamente en ese elemento que le falta: el intelectual. Tal vez se equivocaban también los libros que trataban de compensar esta falta con métodos artificiales, recomendando meditaciones sobre los «misterios»

cada diez avemarías. No olvidemos que el rosario es, en primer lugar, la oración de la gente sencilla, de nuestras madres, de nuestras peregrinaciones y de las devociones vespertinas. En este contexto también es necesario buscar el método de aprender a rezar el rosario. Es muy natural que los hombres intelectuales traten de realizar sus oraciones de manera inteligente y de hablar con Dios tal como están acostumbrados a pensar. Pero precisamente ellos se dan cuenta de la dificultad de mantenerse concentrados y también sufren distracciones constantes. En cuanto cogen el Salterio, sube a la mente una multitud de pensamientos diferentes y todos impiden centrarse en el objeto del texto escrito o recitado.

La gente sencilla ora de manera diferente. No se concentra en una cosa, sino que trata de relacionar con Dios todo lo que le viene a la mente. Piensa en los parientes, en los frutos del campo, en la salud. Y a todos estos recuerdos, se añade un avemaría. En el rosario hay suficientes: cincuenta son suficientes para todo lo que pesa sobre el corazón. Semejante oración, por supuesto, exige simplicidad. Quien la ha perdido no puede recitar el rosario. Pero ha perdido más de lo que cree: el corazón sencillo está más cerca de Dios. l

 

[Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco]

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