Interesantísimo artículo del prior de la Hermandad de la Pasión de Nuestro Señor, Luis Javier Fortún Pérez de Ciriza, publicado en DIARIO DE NAVARRA, el 17 de septiembre de 2021.

Puede resultar extraño o incluso provocador iniciar una serie de personajes navarros ilustres y comenzarla por un hombre nacido en Francia. Es frecuente, aquí y en muchos sitios, mirar con recelo al venido de fuera. Es evidente que Navarra la hemos construido los navarros, pero esa condición no se reserva a los nacidos físicamente en esta tierra, sino que también se extiende a muchas personas que, individualmente o en grupo, han llegado a Navarra, han trabajado por y para ella, e incluso han ocupado un lugar relevante en su historia, hasta dejar huella en el presente cotidiano. Este es el caso de Arnaldo de Barbazán y bien merece un recuerdo.
Un obispo francés para controlar Navarra
Arnaldo era un segundón de una familia aristocrática bien situada en el condado francés de Bigorra. Eran señores de Barbazan-Dessus, una aldea situada a cinco kilómetros Tarbes, capital del condado. En la referida localidad, de la que tomaron su apellido, poseían un castillo, hoy desaparecido. En 1333 un hermano del obispo, Teobaldo, era señor del lugar. La familia contaba también con parientes en el contiguo vizcondado de Bearne: eran los señores de Lescun, una aldea situada en pleno Pirineo y que linda con Isaba en la emblemática Mesa de los Tres Reyes.
Tanto Bigorra como Bearne estaban en manos de los condes de Foix, que gobernaban sus estados desde el castillo de Pau. En 1305, a ruegos del conde Gastón I, el papa Clemente V, había concedido a Arnaldo una canonjía en la catedral de Pamiers, situada dentro del condado de Foix. Fue una forma de dotar de un puesto y unas rentas a Arnaldo, que no expresó especial inclinación al sacerdocio. Trece años después seguía sin ordenarse.
A principios de diciembre de 1317 fue preciso nombrar obispo de Pamplona por quinta vez en dos años. Dos franceses, nombrados en 1316 y 1317, se habían dado prisa en ser trasladados a otras diócesis de Francia; un tercer francés renunció al nombramiento. El cuarto designado, el navarro Jimeno García de Asiáin, murió el 2 de diciembre de 1317 sin haber conocido su nombramiento. Desde 1310 Felipe el Hermoso, rey de Francia, había conseguido que los papas de Aviñón nombraran a franceses como obispos de Pamplona. Lo mismo hizo con importantes monasterios cistercienses como Leire y Fitero. Se trataba de incrementar su control sobre Navarra, un reino que había recibido de su mujer Juana I de Navarra y en cuyo trono se fueron sucediendo sus tres hijos: Luis I (1305), Felipe II (1316) y Carlos I (1322).
El 12 de enero de 1312 el papa Juan XXII nombró obispo de Pamplona a Arnaldo de Barbazán, quien en los meses siguientes se ordenó sacerdote y fue consagrado obispo. En junio de 1318 ya estaba en Pamplona, dispuesto a ser un peón de la monarquía francesa en Navarra, sin saber que esa condición inicial se iba a modificar sustancialmente a lo largo de 38 años de gobierno de la diócesis de Pamplona, hasta llevarle a identificarse con su diócesis y su reino.
Goñi Gaztambide en su monumental Historia de los obispos de Pamplona lo define como un hombre enérgico, celoso y emprendedor, pastor de almas y gobernante, constructor y legislador. Era animoso, pero también impulsivo y autoritario. Con sus virtudes y sus defectos, dejó una “huella indeleble en la diócesis de Pamplona”. Vamos a señalar algunos trazos de su gobierno.
Burgo de la Navarrería el señorío de Pamplona (1319-1324)
Nada más llegar a Pamplona, Arnaldo de Barbazán se aplicó a resolver las consecuencias de la Guerra de la Navarrería (1276). Tres décadas más tarde el burgo de la Navarrería, destruido por el ejército francés, seguía en ruinas y deshabitado, bloqueado por el rey de Francia y de Navarra, que pretendía el señorío de Pamplona en exclusiva, prescindiendo del obispo. En 1281 y 1291 se habían negociado acuerdos, pero fueron impugnados y no se ejecutaron.
Aprovechando el viaje a París para el juramento del rey Felipe II (septiembre de 1319), el obispo y los representantes del cabildo negociaron un nuevo acuerdo. Entregaron al monarca el señorío sobre Pamplona, la jurisdicción y los impuestos que cobraban, así como los castillos de Salinas de Oro y Monjardín. La Iglesia retuvo todos los bienes que poseía en la ciudad y recibió una renta de 500 libras anuales, que duplicaba las compensaciones económicas que había pedido. Además, el rey se comprometió a permitir la repoblación de la Navarrería y luego añadió el patronato sobre las iglesias de doce pueblos. De esta forma concluyó el señorío episcopal sobre Pamplona, que había durado tres siglos, pero que había sido fuente de disputas con la corona durante más de setenta años. Se lograba la paz y la Iglesia recuperaba la colaboración y la protección del rey.
La ejecución del convenio requirió tiempo y no culminó hasta que en 1324 el nuevo rey, Carlos I, concedió el fuero de Jaca a la nueva Navarrería. A la antigua ciudad episcopal sucedió el burgo de calles rectas y plano geométrico que, en esencia, se conserva en la actualidad.
Cambio de dinastía y transformación del obispo
En 1328 la muerte de Carlos I sin herederos masculinos permitió a los navarros separarse de Francia y librarse del dominio de sus reyes, que había provocado numerosos conflictos. La excusa fue la normativa que regía la sucesión al trono: en Navarra se aceptaba la sucesión femenina a falta de varón entre los hijos del rey, mientras que Francia mantenía la ley sálica que las excluía. Inicialmente el proceso revolucionario tuvo un carácter laico, alentado por las juntas y hermandades que habían protagonizado los enfrentamientos con la monarquía francesas. El 13 de marzo, en la asamblea de Puente la Reina, la nobleza y las buenas villas dieron un golpe de Estado, depusieron al gobernador francés y nombraron dos regentes navarros. A las Cortes del reino, reunidas el 1 de mayo en la actual plaza del Castillo de Pamplona, se incorporaron los “prelados” que representaban al clero. Reconocieron como reyes de Navarra a Juana, hija de Luis el Hutín, y a su esposo, Felipe III de Evreux.
Pero quedaban por determinar las relaciones entre el rey y el reino, las atribuciones que tendrían los reyes y los límites de su autoridad, así como la fidelidad que debían prestar los súbditos a los nuevos monarcas. En esas negociaciones es cuando aparece expresamente Arnaldo de Barbazán. En las Cortes de Estella (13 de enero de 1329) se comunicó a los representantes de los nuevos reyes qué debían hacer para ser proclamados como tales: jurar los fueros y ser coronados en la catedral de Pamplona. En las Cortes de Larrasoaña (27 de febrero) se perfiló el texto del juramento real. Cinco días más tarde, el 5 de marzo, el obispo Barbazán presidía en la catedral de Pamplona la ceremonia del juramento, unción y coronación de los nuevos reyes.
Además de la importancia jurídica de este proceso, que sirvió para asegurar el carácter pactista del régimen foral navarro y para restablecer la sintonía entre los nuevos reyes y el reino, es preciso anotar una transformación operada en la persona del obispo de Pamplona. Al ungir y coronar dos nuevos reyes exclusivos de Navarra y diferentes de los de Francia, Arnaldo de Barbazán ya no era un obispo francés que trataba de mantener la unión con Francia. Era, ante todo, obispo de Pamplona, es decir, cabeza eclesiástica del reino, destinado a presidir en su catedral los actos más solemnes de legitimación de la monarquía navarra —las coronaciones y los funerales reales, las reuniones de Cortes—.
La colaboración del obispo Barbazán con los reyes no se limitó a los actos más solemnes. Se plasmó también en hechos concretos: entre 1331 y 1334 participó en las negociaciones para apaciguar las difíciles relaciones fronterizas entre navarros y guipuzcoanos o para preparar su defensa.
Colaboración y conflicto con los reyes
El conflicto sobrevino en la década siguiente, promovido inicialmente por altos funcionarios de la corona, pero luego sostenido por los reyes. El principal instigador fue Jacques Licras, procurador real, que en 1340 pretendió desamortizar los bienes adquiridos por la Iglesia desde principios del siglo XIV.
Otras cuestiones fueron acumulándose hasta 1343, cuando entró en escena Felipe III de Evreux y quiso colabor con Alfonso XI de Castilla en la cruzada para tomar Algeciras, llave del estrecho de Gibraltar. El rey necesitaba hombres para su ejército y financiación. Una forma de conseguir ambas cosas era exigir al obispo los 100 caballeros que según el Amejoramiento de 1330 tenía que aportar a la hueste real. El obispo se negó en redondo, porque era una cifra desmesurada, puesto que, por su parte, el rey sólo había reunido otros 100 caballeros y 300 peones. Felipe III llegó al cerco de Algeciras, pero enfermó y murió en Jerez de la Frontera. Su entierro en la catedral de Pamplona no apagó el conflicto.
Se añadió la disputa por el palacio real de Pamplona (actual Archivo General de Navarra), que Sancho el Fuerte había donado a los obispos, pero que estaba ocupado por los reyes. Jacques Licrás procesó al obispo, que se refugió en su posesión aragonesa de Navardún. El acuerdo alcanzado en 1344 por mediación papal no resolvió el conflicto, que siguió presente mientras vivió la reina Juana, aunque Licras acabó ajusticiado por cometer cohechos (1346).
En cambio, las relaciones de Barbazán con Carlos II fueron muy buenas desde su subida al trono en 1349. El obispo presidió su coronación y el clero otorgó un subsidio al nuevo rey que, agradecido, devolvió el palacio de Pamplona al obispo.
Obispo celoso
La abundancia de asuntos públicos y políticos no debe ocultar su dedicación intensa y continua a su condición de pastor de la diócesis. Los asuntos religiosos y disciplinares dejan menor huella documental, pero su peso es evidente a partir de muchas noticias sueltas. En primer lugar, Barbazán reunió abundantes sínodos diocesanos; tenemos noticias de cinco de ellos: dos en Puente la Reina (1325, 1346) y tres en Pamplona (1330, 1349, 1354). A través de los decretos conservados en recopilaciones posteriores queda patente su preocupación por la formación del clero tanto culturalmente (dominio del latín) como teológicamente (mediante el compendio de doctrina cristiana), su lucha contra los concubinarios, la prohibición de vestidos ostentosos, etc. También garantizó las raciones mínimas de los beneficiados, pero les impuso hábito y los censó en un registro. A los laicos les prohibió gozar de beneficios eclesiásticos, pero se mostró prudente con los pecadores públicos, fijando varios pasos antes de condenarlos. También precisó la regulación diocesana del derecho de patronato previsto en las Decretales.
El balance de sus relaciones con el cabildo de la catedral también fue positivo. Aunque sostuvo conflictos iniciales con los arcedianos de la tabla y de la cámara, logró que finalmente se avinieran a acuerdos para incrementar las raciones de alimentos y vestidos que ambos debían entregar al resto de los canónigos (1329). También fomentó el culto en la catedral, promulgando reglas sobre el oficio divino y elaborando dos breviarios (1332, 1354), así como una guía litúrgica.
Obispo constructor: claustro y capilla Barbazana
Durante su largo gobierno la fisonomía de la catedral de Pamplona cambió sustancialmente. En unos casos fue por propia iniciativa del obispo y pagado por él. En otros casos, aunque el protagonismo fue del cabildo, no hay que olvidar que sus posibilidades económicas se incrementaron considerablemente por el acuerdo con el rey que el obispo impulsó en 1319. Se le atribuye el dormitorio viejo de los canónigos, pero sobre todo la mitad del claustro y la capilla que lleva su nombre.
El claustro es sin duda el mejor espacio del conjunto catedralicio. Su primera fase se había iniciado a finales del siglo XIII. La llegada de Barbazán abrió una nueva fase, que se concretó en parte de la crujía este, toda la crujía norte y la galería exterior de la crujía oeste. El elemento más destacable de todo ese espacio es la puerta del Amparo, labrada hacia 1330, que permite acceder del claustro a la catedral y que está presidida por el impresionante tímpano dedicado a la dormición de la Virgen.
La que hoy es conocida como “capilla Barbazana” fue concebida como sala capitular y también como panteón, como parece indicar la cripta de que dispone. Cuando llegó Barbazán se había construido la cripta y las paredes. Él la terminó con la hermosa bóveda estrellada y el coronamiento exterior con galerías. Por eso quizás la eligió como lugar para su sepultura. Todavía hoy el espacio está presidido por su sepulcro, mientras que al paseo exterior al conjunto catedralicio se le ha dado el nombre de Ronda del Obispo Barbazán.
Inesperada visión de sus restos mortales (1865)
Arnaldo de Barbazán murió el 6 de noviembre de 1355. Podemos aproximarnos a su rostro físico a través de la escultura yacente que figura en su sepulcro. Pero no sabemos en qué medida el artista se condujo por la realidad al esculpir su rostro o simplemente siguió un diseño convencional.
Esta visión se completa, de algún modo, con la imagen de sus restos mortales, única entre los obispos de Pamplona. El sepulcro fue abierto solemnemente el 17 de agosto de 1865 y sus restos se veneraron durante ocho días. El fotógrafo francés Leandro Desagues, creador del primer gabinete fotográfico de Pamplona, aprovechó la ocasión para obtener una instantánea de los restos mortales de Arnaldo de Barbazán. A su lado figura el canónigo Manuel Mercader y Sierra, que con el tiempo se convirtió en obispo de Menorca (1875-1890). El dorso de la fotografía, que la explica someramente, indica también la difusión comercial que se le dio en forma de “carte de visite”.
Luis Javier Fortún Pérez de Ciriza es doctor en Historia.
Restos mortales de Barbazán en 1865. Fotografía de Leandro Desagues. Encima, el dorso de la fotografía.
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