Interesante artículo de Teresa Jaurrieta publicado por Diario de Navarra el 24 de febrero de 2026
TRIBUNA CULTURAL La autora resalta la conexión que el pintor tuvo con la Hermandad de la Pasión de Cristo de Pamplona, de la que llegó a ser subprior, y destaca que suyos son tres carteles con los que el Ayuntamiento de la ciudad anunció los actos de la Semana Santa
L A reciente incorporación de 133 obras del célebre pintor pamplonés Javier Ciga al patrimonio municipal constituye un acontecimiento cultural de primer orden. La exposición permanente de la Colección museográfica Ciga, inaugurada en el Civivox Pompelo, invita al visitante a adentrarse en esa esencia que el historiador y presidente de la Fundación Ciga, Peio Fernández Oyaregui, supo plasmar en su monografía Javier Ciga: pintor de esencias y verdades (2012).
En plena Cuaresma resulta oportuno rescatar una faceta del artista que a menudo pasa desapercibida: su profunda conexión con la imaginería, la estética y el espíritu de la Semana Santa pamplonesa.
Ciga no fue únicamente un maestro del lienzo; fue también un hermano comprometido, partícipe activo de la vida de la Hermandad de la Pasión del Señor de Pamplona, miembro de la Junta de Gobierno y subprior en los años 1924 y 1925.
Los años veinte fueron una década decisiva para el diseño gráfico. La modernización de la tipografía, los avances en impresión y la influencia de nuevas corrientes estéticas permitieron crear anuncios visualmente poderosos. El diseño y el color se volvieron claves para atrapar la mirada de una sociedad cada vez más visual. En este contexto, el Ayuntamiento de Pamplona impulsó la cartelería para anunciar tanto los Sanfermines como las celebraciones pascuales. Ciga, que conquistó seis primeros premios con sus carteles de fiestas, firmó también tres obras para la Semana Santa (1924, 1926 y 1929), hoy recuperadas en la exposición mediante pequeñas reproducciones. Tres carteles muy distintos entre sí que forman una especie de trilogía visual. Cada uno presenta una escena viva, como si fueran capítulos de un mismo libro, cada cual, con un tono distinto pero escritos por la misma mano.
El primero, de 1924 -cuyo original se custodia en el Archivo Municipal de Pamplona- destaca por su audacia compositiva y su colorido. Como dato curioso, en las faldillas, se anuncian en francés los festejos sociales que acompañaban entonces a la Pascua: un guiño cosmopolita en una ciudad que empezaba a abrirse al mundo.
El segundo destaca por su atmósfera íntima en torno al Santo Sepulcro; el tercero, por su valor documental, al representar penitentes a las Hermanas de la Soledad con el fondo de las torres de San Cernin en una imagen icónica de la ciudad. Estos trabajos, junto con los programas de mano y diplomas que se concedían en la Hermandad con diferentes títulos honorarios, también fueron ilustrados por el pintor y muestran cómo aplicó un lenguaje moderno a una tradición profundamente arraigada.
La relación de Ciga con la Hermandad no se limitó a su obra gráfica. En 1923, cuando se planteó mejorar el paso de La Despedida, fue él quien propuso sustituirlo por una representación de la Entrada en Jerusalén. Su criterio fue escuchado, y Ciga formó parte del jurado que eligió la escultura del pamplonés Ramón Arcaya para el nuevo paso.
En este mismo año, fue autor de la policromía del Cristo Yacente y consta en las actas de la institución que “no quiso percibir cantidad alguna por su trabajo”. Ciga era consultado habitualmente para policromías y criterios estéticos. Su sensibilidad por la anatomía y la luz lo convertían en asesor habitual, contribuyendo así a definir el patrimonio artístico de la institución. De hecho, formó parte de la junta de expertos que decidió que las nuevas andas del paso del Cristo Yacente no fueran sobre ruedas y que se aceptara el proyecto de las nuevas andas del boceto presentado por Víctor Eusa, que es el que luce el paso actualmente.
En 1924 fue presidente de la Comisión de Invitaciones y, en 1925, presidente de la Comisión de Vestuario. Ciga ejerció además como director artístico de las procesiones hasta el año 1937.
En 1930 se encomendó a una comisión de hermanos —Arrieta, Eusa y Esparza—, con la asesoría artística de Javier Ciga, la elaboración de un estudio o plano general para reformar la procesión. También se les encargó el diseño de un traje de soldado romano «al estilo verdadero de la época, para ir reemplazando los actuales», así como un modelo unificado de caperuzas de mozorros.
Consta igualmente que Ciga, en 1935, retocó con sus pinceles la frente de la imagen municipal de La Soledad que se encontraba bastante deteriorada. Posteriormente, la imagen fue restaurada en profundidad y no queda rastro de su intervención, pero este hecho evidencia su grado de implicación en la imaginería de la Semana Santa
En el año 1937, a pesar de los tiempos convulsos, la Hermandad unió los pinceles de Javier Ciga y la arquitectura de Víctor Eusa; uno como director artístico, el otro como arquitecto honorario. Una suma de voluntades que demuestra que la excelencia artística y el entendimiento mutuo son posibles, resaltando el legado íntegro de nuestros maestros, sin que las tendencias actuales alteren su historia, y exaltando la nobleza del espíritu de la Hermandad.
Ciga firma también un óleo de La Dolorosa de Pamplona, advocación bajo la que nació la Hermandad de la Soledad y cuya efeméride centenaria celebramos este año 2026.
Durante la inauguración de la exposición, el alcalde de Pamplona definió a Ciga como un “pamplonés ligado al cien por cien a Pamplona”, subrayando su amor por las tradiciones de su tierra. Quisiera añadir que Ciga fue también un pamplonés ligado al cien por cien a la Hermandad -una institución que forma parte del pulso íntimo de la ciudad-lo que le llevó a dejar una huella indeleble en ella.
Hoy, gracias al esfuerzo colectivo de varias instituciones y de la familia Ciga, Pamplona vuelve a encontrarse con su célebre pintor desde una mirada renovada. Sus pinceles, que supieron captar a la perfección el retrato de sus contemporáneos, la luz del Baztán, la esencia de nuestra tierra, su forma de vivir y la dignidad de nuestras gentes, también fijaron para siempre la emoción silenciosa de la Semana Santa.



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